A veces, cuando leo un libro, pienso sobre las implicaciones de lo que acabo de leer. ¿En realidad la obra abarcaba esos temas, de esa manera tan interesante? ¿Qué pretendía el autor, realmente? Aunque había pensado en estas preguntas previamente, comenzaron a preocuparme (a falta de una palabra mejor) tras leer algunos cuentos de Dave Eggers que, en internet, eran destrozados por su su insustancialidad y frivolidad estilística. Pero el hombre sabe narrar, eso no se discute; pero, como sucede con Jonathan Franzen, que algunos insisten en considerar insípido, las ideas que pueden extraerse de la lectura parecen no haber sido ideadas por el autor. ¿Acaso el novelista escribió algunas frases bonitas esperando que los lectores les encontraran sentido? Sinceramente, en estos casos, lo dudo. Confío en la inteligencia  de estos autores, suficiente para haber propuesto estas ideas a través de la ficción. Pero al parecer nadie comparte mis reflexiones. Entonces, si la experiencia de lectura es inherentemente personal, también podrían serlo sus resultados, pues frente a un mismo texto pueden surgir millones de interpretaciones, ninguna más válida que la anterior, algo similar a la búsqueda de la verdadera verdad. Un argumento muy posmoderno, en realidad. ¿Acaso la verdadera intención del autor es solo aquella en la que confluyen múltiples juicios? Aunque las reflexiones que el lector puede desarrollar sobre un texto no se relacionan con lo que el escritor pretendía provocar, también suceden bajo su responsabilidad, pues si su obra, de alguna manera pudo incitar ciertas ideas, deben contener algún atisbo de ellas, hayan sido o no introducidas de forma consciente. Eso me hace pensar que nunca adivinaremos el significado de la novela en sí sin que nos lo indiquen.

Quizá a otros lectores no les preocupe qué quería decir el autor, sino solo lo que aquellos recibieron del texto y qué pudieron concluir de ello. Quiero moverme a un terreno más árido y frío respecto a esta idea: el de la comprensión lectora. ¿Comprendimos entonces un texto si no logramos reflexionar lo que el autor pretendía que reflexionásemos? Como dice Stephen King, a veces una historia es solo una historia. ¿En qué momento un lector puede darse cuenta de eso? Porque el color azul es el color azul, pero también puede ser tristeza, o alegría, o lo que el autor quiera que sea. Si para él la lluvia que nace de la tierra y se eleva al cielo es una metáfora de las relaciones interpersonales que surgen en una sociedad neoliberal con influencias del imperio romano, por decir una barbaridad, quiénes somos para sacarlo de esa idea. ¿Quiénes somos? Lectores que no pudieron entender sus intenciones. Quizá alguien concluyó algo más elaborado que lo propuesto por el lector. Y volvemos al problema inicial.

Mientras tanto seguiré leyendo How we are hungry, la colección de cuentos de Dave Eggers que menciono al principio. Si el autor solo sabe ordenar palabras, sería una lástima. Me apoyaré en todo lo que me hizo pensar a mí, en cómo interpreté sus palabras. Porque para eso leo: quiero pensar, quiero verme forzado a pensar, haya sido o no la intención del autor, en cosas que de otra manera nunca habrían surgido en mi mente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s