Un semestre de pocas lecturas

Yo solía leer. Hace un par de años leía y comentaba diariamente, me quejaba sobre los libros que no me gustaban y recomendaba encarecidamente aquellos que disfrutaba. Solía escribir aquí, respondía comentarios y de vez en cuando me contactaban editoriales. Era divertido, liberador, me permitía compartir sobre aquello que más disfrutaba. Lentamente, no obstante, dejé de seguir a otras páginas, un alto y homogéneo porcentaje de blogs cuya estética y temática resultaba repetitiva. Twitter me bastaba para enterarme de la opinión de las personas que me interesaban, y me permitía expresarme someramente. Hay veces en las que no hay mucho que comentar sobre una lectura, por mucho que nos guste, y si decidimos extendernos en una reseña las palabras salen atropelladamente, con un patrón que cambia entre el comentario pseudointelectual y la crítica jovial de un lector ameno pero culto. Comencé a preferir GoodReads, a escribir reseñas cada vez más breves y concisas, hasta que eventualmente me limité a 140 caracteres. Mi ritmo de lectura, paralelamente, se reducía hasta la inexistencia.

Imposible no recordar esta gloriosa escena.
Imposible no recordar esta gloriosa escena.

Tras las pruebas de ingreso a la Universidad (PSU, en mi país) pensé que aprovecharía de leer todo lo que no había podido durante el último mes en que preparé conscientemente los exámenes. La expectación casi patológica solo me permitió acarrear El arco iris de la gravedad, leyendo párrafos sin retener realmente lo que estaba sucediendo, hasta que se revelaron los resultados y formalicé mi matrícula. Leí tres libros antes de comenzar las clases. En retrospectiva, creo que debería haber aprovechado mejor el tiempo. Lógico, siempre pensamos eso cuando pensamos en lo que hicimos. Todo es corregible, todo podría haberse hecho de otra forma, todo podría haber sido mejor. Pero leí buenos libros, que comentaré más adelante.

Durante el semestre la escasez de literatura fue radical. Comencé y abandoné (nuevamente) Los detectives salvajes, dejé sin terminar un libro de Roth y uno de cuentos de Donoso, me detuve en medio de The secret history y leí 800 páginas de oscilante acción en Danza de dragones. Ahora, en vacaciones de invierno, pretendo terminar esos libros. Los estaba disfrutando, pero no me encontraba en el estado mental para terminarlos. Absorto en la vida académica universitaria, ordenando mis horarios y aprendiendo a hacer un espacio en mi día para todo lo que quería hacer, aparté la lectura literaria hasta que me hubiese estabilizado. Ahora, al terminar exitosamente mi primer semestre en Bioquímica, creo que podré organizarme mejor en los próximos meses. Quiero leer. Veo el estante de pendientes y quiero pasar por todos ellos. Quiero pensar en la prosa de Pynchon mientras memorizo el nombre de ciertas enzimas notables.

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Les decía que pude leer pocos, pero buenos libros este semestre. Comenzando por La naranja mecánica, de Anthony Burgess, una novela lingüísticamente extravagante y demoledora. Sin haber visto la adaptación de Kubrick, conocía más o menos las líneas generales de la historia, un clásico contemporáneo tanto en el cine como en la literatura: la historia de Alex y sus camaradas drugos, sus andanzas ultraviolentas en una sociedad corrompida por la sordidez moral. Narrada con una mezcla de palabras coloquiales y nadsat, dialecto inventado por el autor, la novela se lee con frenesí e impacto. Eso es lo que más rescato del libro: la brutalidad de la historia impacta por su trascendencia y estilo. La visión de Burguess respecto a la madurez me ha interesado particularmente, y creo que conocer este libro en la juventud puede resultar en una experiencia provechosa.

Diametralmente opuesta a La naranja mecánica se encuentra la primera publicación literaria de Lena Dunham, directora, guionista y protagonista de la serie Girls, absolutamente recomendable, por cierto. En Not that kind of girl, Lena nos presenta múltiples ensayos personales escritos con un estilo fresco y simpático, abarcando los temas que ya había presentado en Girls desde la misma perspectiva. La voz de alguien que se ha aceptado y conocido a sí mismo tras intensas sesiones de terapia nos habla sobre el cuerpo y las dietas, las relaciones y el amor, aderezando el texto con anécdotas y referencias culturales. Divertido y honesto, también recomiendo este libro.

Si Lena Dunham es la amiga con la que todos querríamos compartir unos tragos, Houellebecq es el viejo demoledoramente deprimido y sabio al que desearías escuchar para soportar y aprender de sus tétricos comentarios sobre el estado de la sociedad occidental. Me encantó Ampliación del campo de batalla, me gustó aún más Las partículas elementales, una historia perturbadora en la que la sexualidad y el origen de su despertar contemporáneo, la física de partículas, la interdisciplinariedad de las ciencias y la vida de dos hermanos, Michel, biólogo molecular alejado completamente de la actividad carnal, y Bruno, un profesor de literatura misógino y racista, componen una visión trágica de la decadencia occidental y el alzamiento de una nueva era.

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Bestiario, una entretenida colección de cuentos de Julio Cortazar, cumple con presentar piezas interesantes y, en general, emocionantes de leer. Aquí se explican las referencias de muchos hipsters de Twitter: el vómito de conejos blancos o la casa tomada. Si bien me gustó, creo que no es tan impresionante y pirotécnico como Todos los fuegos al fuego. No es mucho lo que puedo comentar: la calidad de los textos de Cortázar es por todos conocida.

The fifth child, seguramente la novella más famosa de Doris Lessing, resultó ser una emocionante y rápida lectura de interesantes implicaciones sociales. El monstruoso quinto hijo gestado durante el idílico matrimonio de Harriett y David Lovatt los obliga a replantearse su situación de padres en una sociedad fríamente oscura, que contrasta con la violencia que encarna su hijo. Pese a que esperaba más de esta novela, me pareció un notable acercamiento a la obra de Lessing, por lo impresionante de su contenido y la brevedad con que está planteada.

Lolita, de Vladimir Nabokov, es una de las obras más magníficas jamás escritas; Lolito, no. Aunque goza de una actualidad tremenda y aborda, de forma muy superficial, por lo demás, y aunque quizá esa haya sido la intención del autor, no creo justifique la simplicidad del texto, los dilemas y problemas de nuestra joven generación, por ningún motivo logrará convertirse en un clásico. Etgar, un chico de quince años que pasa sus días entre exploraciones sexuales, drogas y referencias indies, conoce en un chat sexual a una mujer, Macy, con quien entabla una relación. El juego de identidades virtuales y reales, y los problemas generados en ambos mundos, sirve excusa para intentar componer el retrato de una generación, un objetivo ambicioso que no se logra concretar. Al menos es amena y rápida de leer. Gracias, Ben.

La última novela que logré terminar durante el semestre es Lunar Park, de Bret Easton Ellis, la mente detrás de American Psycho, una de mis mejores lecturas del año pasado. Aquí nos encontramos ante un texto abiertamente polémico, el intento del autor por jugar con su biografía y presentarse bajo capas y capas de ficción, contando una historia familiar, los acontecimientos ocurridos en su disfuncional familia luego de que los personajes de sus novelas se abrieran camino hasta nuestro mundo. Sin misericordia, el autor describe la degenerada vida de los suburbios, el diálogo de niños atragantados en Xanax y las consecuencias de su meteórica fama como joven novelista. Con una atmósfera sobrenatural que recuerda a los mejores libros de Stephen King, Easton Ellis repasa, como en American Psycho, la sociedad norteaméricana en todo su cínico y plástico esplendor. Más moderada que sus anteriores trabajos, pero quizá más controlada, Lunar Park ofrece momentos emotivos y demoledores, combinando escenas de irónica vida familiar y alocada juventud, con las reflexiones que solo Bret parece capaz de hacer.

Finalmente les comento que veinticuatro horas atrás terminé El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso, pero esa novela necesita de una entrada individual para poder presentarla junto a todos los adjetivos que logre convocar. Una novela monumental de lectura obligatoria, sin duda.

Y ustedes, ¿han logrado leer lo que esperaban en esta primera mitad del año?

Septiembre en libros

Además de haber leído poco este mes, las clases y los exámenes me volvieron perezoso, así que el blog se resintió. Las lecturas, no obstante, han estado buenas y muy variadas. Me gusta este formato de entradas porque permite comentar brevemente los libros; no todos los libros dan para una reseña completa, incluso los que me han gustado mucho. De esta lista, por ejemplo, solo reseñaré uno, porque creo que hay mucho que decir sobre muchas cosas. En fin, procedo a contarles sobre mis lecturas de septiembre.

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  • Casa de campo de José Donoso

Mucho se especula sobre cuál es la Gran Novela Americana, término que solo parece existir en Estados Unidos. He leído sobre La Gran Novela Rusa pero el término no es tan masivo e importante como el los norteamericanos. Parece que los críticos necesitan encontrar esa novela. He pensado sobre cuál sería La Gran Novela Chilena, pese a que no suelo leer autores de mi país. Así que esta propuesta surge del impacto que ha supuesto esta novela y mi ignorancia sobre la literatura chilena: creo que Casa de campo podría ser La Gran Novela Chilena. Esta alegórica novela sobre los grandes acontecimientos que han marcado a Chile, como la dictadura militar, el gobierno socialista de Allende, las injusticias contra los pueblos indígenas y la siempre omnipresente influencia extranjera. En esta casa de campo los adultos deciden marcharse dejando a los 33 niños, primos entre ellos, solos. Y la aventura se desata. Se crea alianzas, se establecen las reglas del juego, la ficción comienza a danzar con la realidad y la marquesa sale a las cinco. Esta es una novela densa, grotesca, brutal; un entramado denso y apasionante, obra de un gran novelista. La prosa de Donoso es impresionante, te golpea con imágenes imposibles, obras de arte codificadas en un lenguaje que roza la crudeza visual, escenas memorables y simbólicas que perduran en la mente del lector por mucho tiempo. La recomiendo encarecidamente. Léanla.

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5 / 5
  • A sangre fría de Truman Capote

Este es el libro que les decía que reseñaré en breve. La narración de un caso real, un crimen que conmocionó a Estados Unidos, es desarrollada por Capote con una notable maestría. Con una prosa cargada de descripciones bellas, el autor emprende una de las mayores aventuras literarias del siglo XX, logrando una obra que perdura como referente dentro del género. Me sorprendió la sensibilidad del autor para caracterizar a los “personajes” de esta historia, captando la esencia que los hace seres humanos. Saber que fueron personajes reales no hace sino aumentar el interés al leer el libro, pese a que sabemos que la familia muere, los culpables son encontrados y ejecutados por la justicia norteamericana. Es abrumadora la manera en que el autor nos obliga a replantearnos muchas cosas, casi sin que nos demos cuenta. Hablaré un poco más en la reseña, ahora me limitaré a decir que lo recomiendo, mucho, y que cumplió sobradamente todas las expectativas. Una gran obra, sin duda.

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5 / 5

 

  • Todos los fuegos el fuego de Julio Cortázar

Uno de los autores que tenía pendiente, pese a que ya había leído un cuento de él años atrás. No consideré esa oportunidad porque lo leí a la rápida y definitivamente no lo entendí bien. Pero ahora pude disfrutar de este muestrario de talento. Si bien me gustaron todos, hablaré brevemente solo de tres. La autopista del sur, cuento con que inicia esta colección, no me pareció tan gran grande como todos dicen. Creo que lo sobran algunas páginas. Pero la idea es genial y está bien planteado, es original e interesante. La señorita Cora, un cuento sobre un adolescente que se enamora de su enfermera, me parece una de las mejores piezas de ficción que he tenido el placer, en la que la sensibilidad y la habilidad literaria se dan la mano en una composición impresionante. El otro cielo es otra gran obra, una historia en la que un trabajador de la bolsa se desplaza entre Argentina y París viviendo dos realidades en medio de la segunda guerra mundial y el miedo causado por un asesino en serie. No llega al desenfrenado nivel de juego que es Todos los fuegos el fuego, pero me ha gustado mucho. La isla a medio día también es una narración increíble, en la que un hombre se obsesiona por la isla que logra ver desde la ventana de un avión. Todos los cuentos son buenos, sinceramente, algunos mejores que otros pero ninguno malo, ninguno de relleno. El autor es grande y ansío continuar con su obra, quizá hasta la intimidante Rayuela.

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4 / 5